Pentapolar Birds

Este año Trinidad Carrillo se suponía iba a grabar su primer disco en Lima pero no encontró lo que esperaba encontrar por lo que no lo hizo, pero sí encontró muchas oportunidades para tocar en vivo y ganar mucha experiencia. Y se presentó en el Teatro Segura y eso a todos nos pareció y parecerá fantástico. “Alucina que a los 8 años estuve parada en la misma escena con el coro del colegio. Ganamos el primer puesto entre los coros nacionales de los más chibolitos. Y, nada, no reconocí el lugar al entrar al teatro, pero cuando entré al escenario, ¡sí! Parada ahí fue como ver un flash de foto vieja”. Y el sonido que de allí salió fue el de los mejores y el que aquí se reproduce.

A Trini, la peruana-sueca, le gusta cantar “cuentos, historias… jugar con la voz. Darme aspas de molinos y volantines y saltos lunares y lunáticos”. Y no toca el piano mucho tiempo, “pero cuando toco, es como que una baila con los dedos y de casualidad salen melodías bonitas que me gustan y que hacen que sigan saltando los dedos buscando qué le sigue y qué le sigue”.

Ella vive en Suecia desde el siglo pasado y cuando le preguntas por qué tanto tiempo allí, te mira como siempre lo hace cuando la pregunta le parece un poco ‘papa frita’ y te responde porque es su casa. “Y si me preguntas por qué voy tanto a Lima, te digo porque es mi casa… Pero si dejo que la cabeza busque algunas otras razones, tal vez cambie de opinión y entonces me preguntes por qué Dominica. Y mudarme a Dominica me es un poquito complicado por el momento. Entonces dejo que la cabeza no piense tanto y que el corazón me vaya llevando. O eso quiere creer”.

Y enseguida le pregunto por un recuerdo de cuando estuvimos juntos una noche por las calles madrileñas pero ella no recuerda nombre ni lugar específico. La música y la fotografía aún no las ha unido y sostiene que son dos idiomas, por el momento, diferentes. “Recuerdo haber estado con Elisa en un bar oscuro, poniéndose cualquier cosita de sombrero y encontrando aretes colgando de la lamparita, sentada en un sillón antiguo y grande y su risa y sus piernas blancas y bonitas. Pero puedo estar mezclando diferentes escenas… Y un café de Lavapiés sobre un techo donde tomábamos café y fumábamos cigarrillos de rolear”.

Y afirma segurísima que a pesar de estos momentos inquietos en una Lima en 2011 se siente mejor en Gotemburgo. Y cuando necesite moverse, lo hará. Siempre colgando del cuello su música y su cámara fotográfica. “Siempre digo que cada foto es como una canción y cada canción es como una película o una historia corta, de terror, de amor o de ciencia ficción”. Y eso le gusta.

Y de Madrid seguirá recordando “el sol que no entraba por la ventana. Estar sentada en ese cuarto iluminado por luz amarilla tocando la guitarra de Hilario y marcando el tacto con el pie y cantando canciones sobre panqueques, no los punks, sino los que comes… Me acuerdo del lugar de Hilario donde grabábamos covers -como él vivía en un agujero, entonces le llamábamos las seciones del agujero de Hilario-… Me acuerdo de un paseo en el que fuimos a un cementerio a tomar fotos y todo lo que pasó en el camino y cómo llegamos justo antes de que cierren y no llegamos a ver mucho pero saqué un par de fotos”. A un pequeño cuarto con una salamandra en el techo y caminando mucho por el cementerio en busca de su abuelo. A ella muy contenta.

Y en estos instantes se quiere imaginar con su música, también en la playa. Ahorita tocando piano, ya que el lunes estuvo todo el día en su casa buscando financiamiento para el libro que quiere publicar. “Pero he tenido mis momentos de distracción jugando con una canción, por suerte”. Después se habrá sentado a buscar sus claves, que se le están haciendo medio secretas.

abril 5, 2011 | En: Sin categoría

Democratic fury

Esta vez espero que seamos cientos de miles los personajes que la mañana del domingo 10 de abril desfilemos sin falta y durante todo el día entre los pabellones de Ifema de Madrid. Pero mi caso es diferente. Mi despertador sonará ese domingo a las seis de la mañana porque he tenido el honor de ser elegido presidente de mesa. Me he preparado para ello, he recibido con conciencia demócrata y valentía fiel el poder que hoy se me concede y que además, ya me lo han adelantado, será intransferible hasta la segunda vuelta. Madre mía. Pero para eso estamos. Empezaré presto la labor que me han encomendado y estaré siempre a la altura de la confianza que en mí han depositado. Claro, echaré de menos (en mi caso extrañaré de manera democrática) a la primera dama electora, ya que en esta ocasión no me acompañará porque, como comprenderán, celebraciones muchas tiene ya. Espero sí que todos puedan participar más allá de la obligación que esto significa. Y espero también que todos aquellos ciudadanos que han tenido como yo el honor de ser elegidos miembros de mesa vayan a cumplir con sus derechos y obligaciones como ser social peruano. Multa habrá para los que no vayamos. Sánguches y agua para los que sí. Cansancio por cada hora festiva que pasará factura. Pero allí estaremos. Pacientes e impacientes por saber si en la segunda vuelta tendremos que ir psicológicamente más preparados. Señores todos, y ya con la seriedad y respeto que significa toda elección en nuestro país, allí nos vemos. ¿Pero no puede ser un poquito más tarde? ¿Y con su cebichito?

Fotos: Primera dama electora

febrero 25, 2011 | En: Sin categoría

La biciecléctica

Años sin escribir porque esto de escribir estos días me lo han negado el tiempo, si queremos echarle la culpa a algo y no perder la costumbre, y el tener también, claro está, los ojos algo cerrados, enterrados en lo ya visto. Pues no era posible.

Decidí entonces buscar con menos cuidado. Personajes miles hay, lo sé, solo basta con girar a la izquierda o mirarte en un espejo (luego les cuento lo que conlleva descubrirse en un bar cuando éste además está casi vacío) o intentar escuchar lo que me dicen hace más de siete meses, para ser más exactos.

La tarde y luego noche del último jueves de los meses que transcurren por Madrid alberga a cientos si no casi miles de personajes que se refugian en el protagonista: la bicicrítica. Este femenino personaje, de kilómetros largos y coloridas trompetas, desafiante se compone de todo aquel que se acerque con unas ruedas sin motor para, entre todos, crearse un recorrido por las principales calles del centro de Madrid y, si es mejor, balancearse por las avenidas tangenciales, grandes y pequeñas. Hay música, gritos, insultos de los conductores que quedan atrapados detrás de esta grande columna, pero muchas sonrisas y muchas más las intenciones de vivir la ciudad de una forma sostenible.

En ruedas la posibilidad de limitar los motores, de enseñar la fuerza, el ímpetu, el entusiasmo de mucha gente que sí cree que otra forma de vivir la ciudad es posible. Energía positiva. Respeto y solidaridad. Fácil no lo tienen, pero se divierten. Sí. Pero se organizan sin esfuerzo para terminar en noche de fiesta en alguno de los barrios del norte o del sur. No importa que llueva o que cientos queden relegados a falta de fuerzas.

enero 26, 2011 | En: Sin categoría

Cartas a medianoche

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Cada día, en este caso cada noche, en estas noches de menos de cero grados centígrados que nos están obligando a quedarnos en casa o a abrigarnos y quedarnos en casa o a prepararnos un caldo y enfermos quedarnos en casa, son más continuos los gestos que, quizá porque tiritan o porque dan saltitos sobre sí mismos, sin bailar, dejan que veamos las marcas que la soledad deja en el rostro mientras la tenemos oculta. Frío y viento no importan, pero cada día, en esta Madrid nocturna, son más las personas que al parecer rendidas arrastran a este personaje de invierno y de distancias y que, libre y fiero, va inoculando esa su sonrisa de perfume a nostalgia y a césped fresco sobre todos aquellos que queremos que no. Sí, que el frío acompañe pero que no acorrale.

¿Qué hacer? Caminar. Pero a veces eso es peor. Entonces caminar y buscar alguna solución o caminar y dejar que bajo el semáforo peatonal, después de encontrar un rostro amable al frente y que va en sentido contrario, adviertas de algo tan sencillo como seguir caminando. Abrigarse, colocarse la música y seguir una calle más allá. Hasta que la tos diga basta.

Tal vez por eso cauto me refugio estos primeros días. Y desde mi ventana no es poco lo que puedo ver. Eso sí, echo de menos la lluvia que junto con el humo de una chimenea difuminan un poco más la noche y su tormenta.

Y solo por hoy me asomo desde una ventana para poder comprender cómo se puede acompañar desde casa, sin pensar que no estás dentro.

Fotos de Ivana

enero 4, 2011 | En: Sin categoría

Trece y seis

Ve. Dos o tres de la mañana y lo encontrarás si lo esperas. Pasará a tu lado, casi siempre vacío a esas horas pero con alguien dentro. Dos o tres personas. Sí. Subirán cada dos paradas tal vez mientras el conductor, dentro de una pequeña cabina, permanecerá anónimo y en silencio. Ni una palabra o gesto de reproche o bienvenida. Sabe que la mayoría va a sus casas luego de haberse tomado algunas copas por el mítico barrio de San Lorenzo o son quienes simplemente han terminado o van a trabajar lejos de la oscura Belle Arti. O simplemente pasean a su perro. Sí. Es el 19.

Un tranvía de décadas que por el día va completamente lleno, cruza gran parte de la ciudad de Roma y cuyos personajes van variando según dónde se encuentre. Cerca del Vaticano, subiendo la cuesta de Villa Borghese o por la popular Via Prenestina. Con calma y en minutos este mítico transporte romano danza durante todo el día y se sacude de sus diversas gentes con decencia.

Es como un anciano querido y sabio que conoce más que nadie las calles y sus nocturnas sorpresas. Es como esperar durante la noche a alguien de confianza que te conduzca a casa. Sabes que llegará. Tardará, no importa, pero llegará. De verde agua, chispas y acero.

Fotos de Ivana

diciembre 27, 2010 | En: Sin categoría

Ángeles herejes

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‘Dale al play’

Un segundo. Tres segundos para evaluarlo. La lluvia era intensa, pero cómo salir corriendo para presentar al Tevere como uno de los grandes personajes que transita, a veces silencioso y otras cómplice y arrogante, bajo las noches de Roma. Y cómo no conducirse, aun cansado, ensimismado por una columna de pensamientos y trazos que describir, por el lungotevere y dejar que más de una razón, una caricia para ser exactos, estalle donde coloques la mirada, en cada paso que des mientras cruzas puentes, buscas el frío de la corriente acompasada, adivinas tímidos recuerdos tal vez ahogados y seguro ajenos. Una y otra vez, como los puentes. ¿Lo recuerdas? ¿Sí? También yo.

Hasta llegar a un punto exacto. La tumba de Adriano. El mausoleo y su eterno y enaltecido silencio. La cárcel del Santo Oficio.

Y para llegar a ella. El puente Sant’Angelo.

La  noche y el puente y Roma. El camino  empedrado a la muerte. A la gloria o al desvarío sacrílego. La noche romana tras lo que no quieres dejar de sostener entre los dedos. Que no se deslice. No.

Cuentan que la inquisición romana utilizó este puente para convertir a los que entonces consideraba herejes. Si una vez cruzado, paso obligado de los peregrinos para llegar a San Pedro, los condenados no cambiaban de parecer, eran quemados en la plaza que estaba al final de éste. Ante las miradas celestiales siempre había un aviso. Una sentencia. El peso de la existencia y de mantener ideas propias. Una cruz, un escrito, una trompeta que anuncia, unos apóstoles, una tristeza, una fogata, más de un desafío.

Filósofos, científicos, poetas, cuarteles de ideas.

Mientras tanto, las fogatas y los puentes aún los tenemos y tememos a escondidas.

Música escogida por Isa (Metallica/Nothing else matters)

Fotos de Ivana

diciembre 18, 2010 | En: Sin categoría

Sé que voy a estar mejor

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Omar. 32 años. Guayaquil. Ecuador. Desde junio del 2001 está en Madrid. Comenzó limpiando locales, haciendo mudanzas, entregando publicidad en la calle. Relaciones comerciales. Y desde octubre del 2002 es camarero. En su tierra, como él dice, es bachiller contable y con su sueldo mantiene a sus padres y a su chica, no a su esposa aunque están juntos ya ocho años. Se me olvidó preguntar de dónde es ella, pero él es otro de los grandes personajes de la Madrid de noche que puedes encontrar en uno de los bares más concurridos cuando de ver un partido de fútbol se trata. Eso sí, no le gusta hacer dos cosas a la vez y cuando estaba por responder qué es lo que más le gusta hacer lamentablemente llegó un grupo grande de personas a las que debía atender.

Después dice que mantiene buenas relaciones con las personas y que por el trabajo conoce gente de varios países. Yo he tenido suerte, no sé si será así, pero siempre han sido positivas mis experiencias. Mantengo amigos, aunque conozco casos en que se han portado mal con ellos. Desde déspotas hasta explotados. Y añade que conoce compañeros que después de trabajar mucho tiempo, muchas horas al día, no han sacado nada bueno al final.

Recoge de una pequeña nevera una cerveza importada que alguien le ha pedido y cuenta que en su casa son seis, cuatro hermanos y sus padres. Las dos hermanas pequeñas, una de 17 y otra de 11, estudian. La pequeña está aquí desde el 2001 y la mayor desde el 2003. No pregunto por el segundo y él no sabe decirme por qué hay personas que se les pega el dejo español tan fácil, cuando él no demuestra esa característica. Sí, claro, emplea algunas palabras para poder dejarse entender.

Y una mujer llega, se sienta en la barra, lo saluda antes. Va preocupada, va triste. Escucho que enviará un fax y seguirá y seguirá hasta el final. Mientras Omar cuenta que, por supuesto, en tres años se quiere ver mucho mejor. Depende del trabajo, pero la economía cambia mucho. Sé que voy a estar mejor. Todo depende de las circunstancias. Ahora mismo no podemos pedir más, no podemos cambiar un nivel de vida porque no se puede. Con camiseta naranja propia del bar, enfatiza que lo mejor sería trabajar para él mismo, no para otros. Que sí, teniendo algo suyo se sentiría satisfecho. ¿Un bar? No sería un descarte. ¿Si no qué? En los negocios no se sabe hoy cuál te puede beneficiar. ¿Quién sí lo sabe? Y solo, mucho mejor. El beneficio es para ti solo, pero sabes que tienes que trabajar para que salga eso adelante. Y muchas horas. Nada de ocho o días horas, mucho más. Abrir y cerrar si te toca.

Hoy trabaja seis días a la semana, todos los feriados y el día libre se dedica a los papeleos bancarios y un segundo después llega una señora venezolana que pide, por favor, si su niña puede entrar al baño. Acto seguido, dos chicos que están en la barra con dos cervezas, parecen publicistas, le preguntan si puede prestarles unos cinco platos pequeños para colocar no sé qué pero que es para una presentación de algo unos metros atrás en la misma calle. Claro. ¿Estos están bien? Perfectos. Y los limpia y se los entrega.

Y Omar me dice que toda su familia está aquí, en Madrid. Allá está su abuela, que no quiere venir, así como algunos amigos porque ya tienen su vida, su familia. Además, la gente sabe lo que hay acá.

Y en el bar hoy no hay fútbol, por lo que los tres televisores emiten distintas señales y un amigo suyo ciego que siempre va se apoya en la barra. Creo que él es el de la cerveza importada. Mientras Omar mira un programa, cruza los brazos, se coge el cuello repetidas veces, se muerde los labios.

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*Musica escogida por Isa

(Señor Coconut/ Smooth Operator-Beat It)

diciembre 1, 2010 | En: Sin categoría

Tallarines si no hay más

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Pues eso. Noches de fin de semana. Sales de un café para entrar a otro. O a un bar. Ya conocemos la consigna en Madrid y por qué a esto se le llama o llamaba salir de marcha. Vuelves a entrar. Pides la cuenta. Sales. Corriges un poco el apetito, el zumo o el vino o el té. Observas, comentas, les dices a tus amigos que aquí también está bien pero vuelves a salir y a respirar aire seco. Caminas sobre los adoquines con las manos en los bolsillos porque el frío ya daña y porque se está más cómodo así. Más ligeras las miradas y los extravíos. La bufanda no incomoda. Ya los ves. Ya preguntan. No llevas reloj y crees que son las dos de la mañana y, o te vas a casa o sigues fiel al grupo tupido que se ha formado y empiezas por pedir alguna copa entre el aún intenso humo de tabaco que se aferra lastimoso. ¡Cerveza! ¡Cerveza! Entras de nuevo. Te toca apoyarte en la barra, no hay más espacio que hurgar. Giras a los lados en busca de gesto improvisado. Dentro otra vez apiñado o elemento que impide al café o bar cerrar. Te empiezas a aburrir y dejas de escuchar a tus amigos para analizar o adivinar qué camino podrías seguir si conversas con los que están tres centímetros a tu derecha. Mejor te vas. Saludas y besas o te besan esperando te quedes unos segundos más. Pero te vas, ¿cigarrillos?, y afuera estará. Estarán. ¿Cerveza?

Una cerveza. Un bocadillo de chorizo con queso o de jamón serrano con queso o un plato de tallarines. A un euro. Dos y dos. Cinco o seis cervezas entre sus manos que se mantienen frías y que te las ofrecen en cada esquina de la Gran Vía, entre algunas calles de Malasaña y Huertas. Ellos saben que pocos lugares hay si algo a esas horas quieres comer. Saben que puedes llegar a saborear camino a casa unos tallarines con verdura o carne entre las manos. Y si quieres tomate, te lo pondrán encima, claro. Pero si escuchan alguna sirena o ven que se acerca el patrullero de la policía local, entonces salen corriendo. Y uno de cada esquina hacia la oscuridad. No tan rápido. Ensayados. Saben que no tienen mucho que perder. Su secreto está siempre a salvo quizá porque todo el mundo ya lo conoce.

¿Te quedaste con hambre? Espera cinco minutos que volverán.

Y la sirena cree arrancarlos de su partitura mientras corren y corren. Después se detienen y preguntan. No dicen una palabra más. En la derecha llevarán la caja de cartón que emplean como mostrador o soporte o poyo que delimita su espacio y en la izquierda colgarán las latas de cerveza. Estarás fuera y hasta las 7 de la mañana te llegarán a preguntar si quieres cerveza, bocadillo o tallarines que los esconden a metros de distancia de donde minutos permanecen quietos. Pides uno. Caminan unos metros. Esperas. O gritan y se encuentran con otro personaje a unos metros mientras esperas y le entregan lo que has pedido. El chino es difícil de entender pero algunos tallarines a las 4 no tienen mal sabor, se hartan de especias y fríos no están. Todo depende de quién te lo venda, claro, hacia qué esquina saldrás en busca del búho o del taxi y con cuál te toparás.

Eso sí, es poco posible hablar más de treinta segundos con alguno de ellos pero se está intentando, sin la necesidad de correr ni de comprar un bocadillo cuyo pan va tierno, escondido entre bolsa de papel y bastante embutido dentro.

* Música escogida por Isa

(Massive Attack / Atlas Air / Heligoland)

noviembre 23, 2010 | En: Sin categoría

Cuánto vale una estación

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Sábado noche. O viernes a partir de las veintidós horas y, si lo prefieres, también un jueves a medianoche o minutos menos. O miércoles pero mejor viernes. Lo verás. Despierto hasta la 1.30 de la mañana, el metro de Madrid es uno de los grandes personajes que arrastra a miles de otros personajes durante aquellas horas entre sus entrañas, vagones, andenes, escaleras, descansos y, específicamente, camino a las estaciones del centro de la ciudad. Sol. Callao. Alonso Martínez. Tribunal. Así, durante unos pocos minutos nocturnos confabulan grupos compactos, pocos se desperdigan, de jóvenes y no tan jóvenes que prácticamente se estacionan dentro con botellas de ron, ginebra, más ron y cola y bolsas de hielo. Pocos son los que ocultan las botellas o latas de cerveza cual película de bandas de los ochenta. Deambulan sí los conocidos mini (grandes vasos blancos llenos de cerveza o vino con gaseosa o whisky con gaseosa y más) que pasan de mano en mano, de boca en boca y de sílaba en sílaba que en cada segundo, por supuesto, revientan más desinhibidas cada una de las escenas y los altavoces que te dicen dónde estás.

Rostros sonrientes, altaneros, despreocupados, gritos, cantos, exhibicionistas, casi fogatas, corresponsales de guerra, primerizos, qué pasa tronco, arengas, hinchas, bufandas y camisas, guitarreros, invisibles, suelo mojado, provocadores o desahuciados se encuentran y entremezclan entre los vagones, se saludan o se ignoran pero se divierten y se retan y hacen de este espacio un cónclave pasajero para lo que vendrá o está un domingo por terminar. Violento no es. Ameno a veces. Interesante e incierto. Y, con certeza, efusivo e infectante. Son escenas sin final. O uno debe bajar junto con el resto y coincidir horas después en algunos cafés o bares o en alguna otra esquina, lo que nunca se sabrá porque, claro está, habrás olvidado las señas de los rostros, o aún te quedas estaciones dentro mientras el resto ya ha escapado con bolsas plásticas y un tanto sonrojadas por no tener el temor de no continuar. Anclados, adorados, espiados. Arremangados. Tiempo que dura más.

Pero a pesar de todo, siempre se te clava entre los ojos la tormenta de no poder alcanzar tantas historias elegantes por venir o por retomar. O mejor beber. Ya no será así. Porque el metro seguirá, una y cada vez cada fin de semana, más cerca de fiestas y más lleno de una y ocho mil historias por conciliar y saludar entre el anonimato o la conversación y el vodka. ¿Por qué no?

noviembre 9, 2010 | En: Sin categoría

One time

Es bengalí. Tiene 27 años. Ojos negros grandes, habla inglés, francés, paquistaní, hindi y algunas palabras del chino. Se acerca a la barra, a la mesa o también lo encuentras caminando en Lavapiés. Sabrás de él metros allá por su claro, sonante y dulce “amigo” que acompaña con los brazos en alto. ¿Un café? O sabrás de él en La Latina, Callao, Ópera, Chueca o Tribunal mientras trabaja. Antes tendrá tiempo para hablar contigo con una capa de sonrisas que confieso por segundos se diluye cuando afirma, en inglés y como musulmán, que su suerte algún día cambiará y que Dios sabrá cuándo.

Llegó a Madrid hace casi ya dos años. Primero fue Francia. No. Muy caro. Después Italia. Más difícil. Y ahora con los 400 euros que gana al mes grita por encontrar otro trabajo. 200 euros serán para su madre y hermano y hermana y sobrino y sobrina y los médicos que curan a su madre y que convence para pagar la cuenta en partes. Y 200 para la habitación y la comida. One time. No más. A las 5 de la mañana. Una vez al día.

Y de 8 p.m. a 3 a.m. te ofrece relojes, llaveros, ánimos y lo que esta ciudad ya no oculta. En Bangladesh vendió su casa, su auto y su tienda y hoy en Madrid se enfrenta al ánimo de la policía y principalmente de los jefes de los restaurantes o bares que lo dejan o no entrar. Le dicen que no y él no lo duda y se aleja. No agacha la cabeza. No quiere molestar y no le gusta vender en la calle. Antes en un kebap ganaba un euro por hora. Todos los días. Los siete. Y si no quería, fuera. Y se fue. Para él es muy importante mantenerse activo, caminar todas las noches para así poder enviar dinero a su familia. “Mi familia quiero que coma tres veces al día. Que esté all time relax”. Y si no lo has visto, quizá sí a uno de sus amigos o compañeros que trabajan en el mismo horario y en esta cada día más diversa ciudad. Ah, cocina rico, dos veces por semana y es hincha del Real Madrid. Del Manchester ya no. Y cansado va pero eso a él no le importa. Te mirará y te dirá que todo va muy bien, algo calladito.

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Quién soy

Desde el 2007 en Madrid, otra vez. Dejé en Lima, no mentiré, muchos amigos, enorme familia, un grato trabajo en la prensa escrita. No. Perdón. No dejé nada. Los arrastro a mi realidad y a mi nueva casa cada vez que puedo, entre textos, reseñas, mi primera novela (después de haber publicado tres poemarios recuerdo haber dicho que no cruzaría la línea narrativa), caminatas y la música que escucho entre mis audífonos y la laptop. Y así, después de un máster en edición en la Autónoma, aún sigo aquí, colaborando para algunas editoriales, revistas, entidades y acostumbrándome y evaluando nuevos proyectos. De pie o sentado, intento abrir más los ojos y busco no olvidar cada detalle. La noche es así. Tienes todo a tu alcance, claro, pero aún así hay que moverse para encontrar. Hay que dejarse mudar, porque eso te lo exige, con voluntad, ella. Y si no te camina encima, el sol lo hará.